EL VELORIO DEL GORDO
El viento frío golpeó el rostro de Sebastián, cuando se detuvo en el umbral de su casa y miró el paisaje de la vereda frente a la suya. Ceremonia fugaz, que hacía todas la mañanas, desde hace 28 años. Siempre veía lo mismo. Descascaradas fachadas, negros balcones, y escuálidos árboles, cubiertos de polvo, el tronco y las ramas, secas hojas, que una leve brisa arrancaban y caían sin gracia. Como pájaros heridos, al suelo.
Sebastián refregó sus manos, y formando cuenco, cubrió su boca, exhalando el aire tibio que emanaba su cuerpo. Será un día frío, dijo, volviendo a refregar sus manos, y subiendo el cuello de su sobretodo, comenzó a desandar el mismo camino. Esa mañana, sentía una extraña plenitud y un raro optimismo, como si lo hubiera atacado la alegría de vivir, pensó que vería, quizás, un pájaro de colorido plumaje, posarse sobre las ramas secas de los árboles de la vereda, lo imaginó con ardor de adolescente, hasta sintió alegría y placer, en tanto sus pasos lo llevaban inexorable al último refugio de su vida. Una adolescente hermosa, de negro cabello largo, vestida con pantalón vaquero y una blusa anudada en la cintura, que dejaba ver parte del abdomen y el ombligo, se cruzó con él, lo esquivó como a un apestado y prosiguió con su andar sinuoso y sus mohines seductores, Sebastián giró a mirarla por atrás, actos reflejos de su juventud, y vio al descubierto, partes de sus blancos glúteos, estas chicas de hoy, pensó, muestran todo, no dejan lugar para imaginarse, y siguió andando.
El zurdo Aguirre, sentado junto al flaco Eguizabal, con el pelao Cisneros, estaban allí, sentados en el mismo lugar, como siempre, como las mesas de billar, el mostrador del dueño y el viejo tapiz, que alguna vez fue colorido, ahora desdibujado y agrietado, estaban ellos, pero faltaba uno, el gordo Zelaya. Buenas.., que tal, dijo sentándose junto a ellos, ninguno respondió el saludo, ¿Qué les pasa?, pensó, y llamó al mozo, indicando con el pulgar y el índice, lo de todos los días, un cortado fuerte, con mucho café. Acercó el cenicero y miró de reojo a sus tres amigos, que estaban como petrificados, mirando vagamente por el vidrio de la gran ventana que daba hacia la calle, pero con una mirada imprecisa, esa mirada que parece escrutar el más allá, pero que no mira nada, ¿Qué les pasa ché?, preguntó con indecisión y agregó con tono canchero, era sabido que ñuls perdía, ¡pero che!, no e pa tanto. Entonces, el pelao Cisneros, giró y le clavó una dura mirada, exclamando, ¡Boludo...! ¿Ya sabes lo que pasó...?. Y hubo un silencio de infinitos segundos, entre que Sebastián desdibujaba su sonrisa, y los tres, lo miraban acusadores, como repitiendo con esa mirada, ¡Boludo!, ¿Sabes lo qué pasó?. Sebastián puso un palillo entre sus dientes, señal de nerviosismo incontenible, ¿Qué.. Qué pasó...?, preguntó tartamudeando, mordiendo el palillo con más fuerza, murió el gordo, dijo el flaco Eguizabal, el gordo Zelaya, remarcó con tono lloroso. Sebastián no supo qué decir, pero los cuatro se hermanaron en un silencio de dolor y fraternidad. Murió anoche, el bobo le falló, le falló el bobo al gordo, otro silencio que rompió el flaco Aguirre, le dijimo al gordo, le dijimo tantas veces, que no morfe tanto, que no morfe tanto, pará la mano, te ta matando gordo, así no hay cuore que aguante, pero el gordo se reía, se cagaba de la risa, ¿Viste?, dijo el flaco, dándole un cachetazo en el hombro, que sacudió a Sebastián, pero lo tranquilizó, porque era una demostración de confianza, de integrarlo al grupo, de sentir como siempre, que los cuatro eran uno. Y comenzaron a charlar animadamente sobre lo que hacía el muerto en vida, las anécdotas del Gordo Zelaya, ¡Eran tantas!, de pronto, todos hablaban a la vez, comenzando con la pregunta, ¿ Te acordas...?,
Así siguieron hasta antes del ocaso, chupando ginebra y fumando cigarro tras cigarro.
Cuando comenzó a oscurecer, el pelao Cisneros se puso de pié, y los abarcó con la mirada incierta de la borrachera, mientras dio un golpe de puño sobre la mesa, diciendo con gran esfuerzo, no podía articular palabras de la mama, ¡vamo al velorio del gordo!, quiero besar la frente del gordo, gritó baboso, y los cuatro se pusieron de pié, pagaron y se fueron a tomar el cole que los llevaría a la casa del gordo, al velorio. Subieron al micro a duras penas, discutieron con el chofer que no los quería llevar porque los curdas no viajaban, el pelao, que la iba de prepo, hizo el ademán de pelar un chumbo, y el chofer arrancó el destartalado transporte, que los dejó a tres cuadras de la casa del velorio, iban casi mudos, por ahí, una que otra palabra, ya sin sentido, ninguno de los cuatro sabía, ¿qué harían o dirían? En el velorio del gordo Zelaya, lo quiero besar en la frente, ¿tienden?, eso e’ todo, un beso en la frente, y chau picho, ta bien, dijo Sebastián y abrazados los cuatro, llegaron al velorio, las comadronas se escandalizaron, hubo intentos de impedirles la entrada, dejenlos...son sus amigos, dijo la viuda sentada en un amplio sillón, con el rostro pálido y bañado en lágrimas, los saludó con un ademán desfalleciente y se hundió de nuevo en la negrura de su desconsuelo.
Los cuatro amigos se acercaron sigilosos al féretro, ya estaba tapado, ¡qué cagada!, dijo en voz baja el pelao, ya no podré darle un beso en la frente, intentaron ir hacia la viuda, a dar el pésame, pero ella ya no estaba en el amplio sillón, entonces, como obedeciendo la orden de un espíritu superior, los cuatro salieron en fila del velorio, al último el zurdo que saludaba a todos, con un gesto de artista, pero nadie le respondió.
Mientras caminaban hacia el bar nuevamente, chuparemo hasta que los gallos canten, dijo Sebastián, y el zurdo aprobó tambaleando, ta bien, eso e’ de macho, asintió, y siguieron caminando mientras el pelao, filosóficamente, entre hipos y eructos de borracho, decía, mientras se apoyaba a orinar contra un árbol, no morimo todo che, ¡qué cagada!, no morimo todo...
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San Salvador de Jujuy. Argentina
Arnaldo Pablo Guzmán
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